Así es Somalilandia, el país que existe desde 1991 pero que solo Israel reconoce

29/Dic/2025

Periodista Digital (España)

Israel reconoce a Somalilandia como estado soberano y rompe el aislamiento mundial que duraba ya 34 años. Un territorio con fronteras definidas, elecciones regulares y relativa estabilidad lleva más de tres décadas reclamando un lugar en el mapa diplomático mundial

La escena es sorprendente: banderas de Somalilandia ondean junto a las de Israel en las calles de Hargeisa.

Mientras tanto, en Mogadiscio, el Parlamento somalí aprueba por unanimidad una resolución que califica de “nulo” el gesto israelí y denuncia una violación de su soberanía.

Dos narrativas estatales chocan a escasos kilómetros de distancia.

En medio de este escenario, Somalilandia se declaró independiente en 1991 y ha funcionado como un país en casi todos los aspectos.

Sin embargo, hasta diciembre de 2025 no había logrado que ningún miembro de la ONU diera el paso histórico de reconocerlo como nación soberana. Hoy, ese reconocimiento llega exclusivamente de Israel, situando a Somalilandia en el epicentro de una tormenta geopolítica que trasciende las fronteras de África oriental.

Un país de facto que el mundo finge no ver

Somalilandia se ubica en la parte noroccidental de la Somalia reconocida internacionalmente, mirando hacia el golfo de Adén y la entrada del estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los pasajes más cruciales para el comercio marítimo global. Fue un protectorado británico hasta 1960, cuando se independizó brevemente como Estado de Somalilandia, antes de unirse a la Somalia italiana para formar la República de Somalia.

En 1991, tras la caída del dictador Siad Barre y en medio del caos generado por la guerra civil somalí, los líderes locales proclamaron unilateralmente la restauración de su independencia. Desde entonces:

Han redactado y aprobado una Constitución propia.

Celebran elecciones competitivas y relativamente pacíficas.

Mantienen su propia moneda, fuerzas de seguridad y administración.

Controlan su territorio con más eficacia que el Gobierno federal somalí controla el resto del país.

A efectos prácticos, cumplen con los criterios establecidos por la Convención de Montevideo para ser considerados un Estado: tienen un territorio definido, una población permanente, un gobierno efectivo y la capacidad para relacionarse con otros actores internacionales. Sin embargo, durante más de tres décadas no ha llegado el reconocimiento oficial, principalmente debido al peso del principio africano que respeta las fronteras heredadas del colonialismo y al miedo a abrir la puerta a otras secesiones en el continente.

La jugada de Israel y la ruptura del tabú

El estancamiento se rompió el 26 de diciembre de 2025, cuando el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu anunció oficialmente que Israel reconoce a Somalilandia como “Estado independiente y soberano”. Junto al presidente somalilandés Abdirahman Mohamed Abdullahi “Irro”, firmó una declaración conjunta.

Israel presenta este paso como parte del espíritu de los Acuerdos de Abraham, buscando normalizar y ampliar sus relaciones con el mundo árabe y musulmán.

La declaración incluye planes para “ampliar la cooperación en agricultura, salud, tecnología y economía”, además del deseo expreso para que Somalilandia se adhiera a esos mismos acuerdos.

Para Israel, establecer una alianza con este socio africano frente al mar Rojo tiene un valor estratégico evidente ante las tensiones actuales con los hutíes y los ataques a la navegación.

En Hargeisa, este gesto se celebra como un “momento histórico”, representando finalmente una apertura hacia un reconocimiento internacional más amplio. Es el primer sello diplomático serio tras más de tres décadas intentando hacerse oír en capitales africanas, europeas y estadounidenses.

La reacción furiosa de Somalia y el cerrojo africano

Mientras Hargeisa festeja esta noticia, en Mogadiscio reina la preocupación máxima. El Gobierno somalí rápidamente calificó el reconocimiento israelí como un “ataque deliberado” contra su soberanía y reiteró que Somalilandia es “parte integral e inseparable” del territorio nacional. El Parlamento fue más allá al aprobar una resolución que declara “nulo” este acto por parte de Israel, exigiendo su revocación inmediata al considerarlo una amenaza para la paz regional.

La respuesta desde África y el mundo árabe ha sido rápida y coordinada:

La Unión Africana reafirmó la integridad territorial somalí advirtiendo sobre los riesgos que podría acarrear crear “un peligroso precedente con consecuencias considerables para la paz y estabilidad” en todo el continente.

En una reunión urgente, la Liga Árabe condenó también esta decisión israelí mientras reafirmaba su apoyo incondicional a Mogadiscio.

Ministros de Exteriores provenientes de Somalia, Egipto, Turquía y Yibuti emitieron una declaración conjunta rechazando dicho reconocimiento e insistiendo en mantener la unidad somalí.

El bloque regional IGAD recordó que Somalia es un Estado soberano miembro con fronteras plenamente reconocidas según derecho internacional.

El mensaje subyacente es contundente: aunque Somalilandia haya actuado durante décadas como un Estado funcional, ninguna capital africana está dispuesta a sentar un precedente que pueda inspirar otros movimientos secesionistas desde el Sahel hasta Camerún o dentro del propio Cuerno Africano.

Geopolítica del mar Rojo y la batalla por las rutas

El conflicto sobre el estatus político de Somalilandia está intrínsecamente ligado a su ubicación geográfica estratégica. Este territorio se asoma al golfo de Adén, ruta esencial entre el océano Índico y el canal de Suez. Además, es la entrada del estrecho de Bab el-Mandeb, donde transita gran parte del comercio mundial tanto en contenedores como en hidrocarburos.

En años recientes, los ataques llevados a cabo por los hutíes junto con las tensiones vinculadas al conflicto en Gaza han convertido al mar Rojo en un área marcada por altos riesgos para navieras y aseguradoras.

En este contexto Israel obtiene así un punto estratégico desde donde poder operar en términos logísticos e incluso proyectar una imagen pública orientada hacia “la estabilidad” frente al desorden imperante en otras costas.

Por su parte, Somalilandia refuerza su argumento acerca de cómo su reconocimiento podría contribuir significativamente a mejorar la seguridad marítima en uno de los puntos críticos del comercio global.

Este cálculo geopolítico se entrelaza además con otro movimiento ya inquietante para muchos: un memorando firmado entre Etiopía y Somalilandia en enero de 2024 permite a Adís Abeba acceder al mar Rojo a cambio del desarrollo conjunto con Ethiopian Airlines así como promesas futuras sobre reconocimiento oficial. La mera posibilidad que Etiopía —un país sin salida al mar desde que Eritrea obtuvo independencia— abra un corredor marítimo por medio Somalilandia ya había provocado tensiones diplomáticas serias con Somalia.

Un territorio estable rodeado de fragilidad

Lo distintivo del caso somalilandés no es solo su aspiración independentista; también resalta por su notable contraste entre la estabilidad interna y el caos crónico presente en la Somalia federal.

Mientras Somalia enfrenta desde hace décadas problemas derivados tanto del terrorismo ejercido por Al Shabab como de crisis políticas recurrentes, junto con una presencia internacional masiva pero poco efectiva, Somalilandia ha edificado un sistema político híbrido en el que conviven instituciones modernas con estructuras tradicionales basadas en clanes.

A lo largo de estos más de 30 años ha llevado a cabo varias rondas electorales presidenciales y legislativas, caracterizadas por transiciones relativamente ordenadas; ha logrado contener a los grupos extremistas presentes en el resto del país y ha desarrollado una economía modesta pero operativa, centrada principalmente en la ganadería y las remesas, e impulsada por su puerto de Berbera, gestionado actualmente por Emiratos Árabes Unidos.

No obstante, esa estabilidad aparente oculta desafíos significativos:

Altísimas tasas tanto de desempleo juvenil como de pobreza.

Una fuerte dependencia de las remesas y de ingresos provenientes de ayuda externa informal.

Tensiones internas manifiestas; tal fue lo sucedido entre 2023 y 2024, cuando estallaron conflictos en la región conocida como Las Anod, donde sectores de la población cuestionaban la autoridad de Hargeisa mientras miraban hacia Puntlandia o incluso hacia Somalia.

La paradoja resulta evidente: aunque sea considerado uno de los territorios mejor gobernados dentro del conjunto nacional somalí, es también aquel cuya existencia choca frontalmente contra la arquitectura jurídica y diplomática creada tras la descolonización.

¿Qué puede pasar ahora?

Con Israel siendo, hasta ahora, el único país dispuesto a romper el tabú del reconocimiento, las semanas venideras marcarán si Somalilandia permanecerá como una excepción tolerada o si finalmente puede convertirse en un caso de prueba para el sistema internacional.

Algunos escenarios posibles incluyen:

Reconocimiento aislado

Israel mantiene su posición; sin embargo, no hay otros Estados que se sumen aún, especialmente dentro de África.

La presión ejercida por la Unión Africana junto con socios árabes disuade a potenciales seguidores, como algunos países del Golfo o aliados occidentales.

La visibilidad internacional de Somalilandia aumenta considerablemente, pero permanece atrapada en un limbo jurídico, sin acceso pleno a los organismos internacionales.

Efecto contagio limitado

Algún Estado no africano podría considerar el reconocimiento, particularmente si lo ve como una forma de acercarse a Israel y ganar influencia en la región del mar Rojo.

Países como Etiopía, atados al memorando firmado en 2024 por la necesidad estratégica de una salida al mar, podrían intentar fórmulas graduales, evitando un choque directo con Mogadiscio.

Reacción cerrada

Somalia intensifica su ofensiva diplomática en la ONU, la Unión Africana y la Liga Árabe para blindar su integridad territorial.

El Consejo de Seguridad podría ser convocado con urgencia para tratar el caso y emitir una declaración reafirmando la soberanía somalí, buscando frenar posibles reconocimientos encadenados.

La cuestión se vincula directamente a otros expedientes explosivos, desde Palestina hasta el Sáhara Occidental, reduciendo el margen para innovaciones jurídicas.

Un espejo incómodo para el orden internacional

El caso somalilandés concentra múltiples tensiones latentes: entre el derecho a la autodeterminación y la sacralización de las fronteras coloniales; entre la eficacia de un Estado de facto y la legitimidad concedida solo mediante reconocimientos externos; entre la estabilidad local y los equilibrios regionales.

Tres hechos destacan la diferencia del momento actual:

Somalilandia lleva ya más de tres décadas funcionando como Estado sin respaldo internacional pleno.

Israel se ha convertido en el primer y único miembro de la ONU en reconocer oficialmente su soberanía restaurada.

La reacción inmediata y coordinada tanto por parte de Somalia como de la Unión Africana y la región deja claro que no aceptarán cambios en el mapa sin consentimiento previo.

Mientras Hargeisa celebra lo que muchos ciudadanos consideran una validación de una realidad ignorada, las capitales vecinas sienten un temor distinto: abrir una rendija en el edificio de las fronteras africanas podría desencadenar grietas difíciles de controlar.

En esa tensión se decidirá el futuro de un territorio que lleva más de treinta años reclamando ser lo que ya es en la práctica: un país existente, aunque casi nadie aún se atreva a llamarlo por su nombre.